El ahogamiento ocurre en silencio


De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, los ahogamientos cobran más de 300 mil vidas cada año, aproximadamente 30 cada hora

 


En Yucatán, el agua forma parte de nuestra vida y de muchos de nuestros mejores recuerdos. Las vacaciones suelen incluir una visita a la playa, una tarde en la piscina o un paseo familiar por alguno de nuestros cenotes. Disfrutar estos espacios es una experiencia maravillosa, pero también requiere reconocer que el agua puede convertirse en un peligro en cuestión de segundos. Cada 25 de julio se conmemora el Día Mundial para la Prevención de los Ahogamientos. La fecha no busca generar miedo, sino recordar que la mayoría de estos accidentes puede prevenirse mediante medidas sencillas, organización familiar y una supervisión verdaderamente activa.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, los ahogamientos cobran más de 300 mil vidas cada año, aproximadamente 30 cada hora. Casi una cuarta parte de las víctimas son menores de cinco años y más de la mitad de las muertes ocurre entre personas menores de 30 años. Aunque los niños pequeños presentan un riesgo especialmente alto, cualquier persona puede ahogarse, incluso un adulto joven, sano y que sabe nadar.

Uno de los principales problemas es que solemos imaginar el ahogamiento como aparece en las películas: una persona que grita, agita los brazos y pide ayuda. En la realidad, generalmente sucede de manera rápida y silenciosa. Quien está intentando respirar no puede utilizar su voz para gritar. Puede mantener la boca al nivel del agua, inclinar la cabeza hacia atrás, presentar una mirada perdida o intentar nadar sin lograr avanzar. En ocasiones parece que juega o permanece quieto, cuando en realidad está luchando por mantenerse a flote.

Por esta razón, la primera medida de prevención es la supervisión activa. Cuando hay niñas o niños pequeños cerca del agua, un adulto debe permanecer lo suficientemente cerca como para alcanzarlos con el brazo. No basta con estar sentado junto a la piscina o encontrarse dentro de la misma casa. Revisar el teléfono, contestar un mensaje, conversar, preparar alimentos o alejarse “solo un momento” puede abrir una ventana de riesgo.

En reuniones familiares conviene designar claramente a una persona responsable de vigilar. No debemos suponer que alguien más está mirando. Una frase tan sencilla como “yo estoy cuidando a los niños” evita confusiones y permite transferir esa responsabilidad de manera directa cuando el adulto necesite retirarse. La vigilancia también debe mantenerse aunque haya salvavidas o varios adultos presentes.

Los flotadores de brazos, salvavidas inflables y juguetes acuáticos pueden brindar una falsa sensación de seguridad. Se desinflan, se desprenden o permiten que el niño quede en una posición peligrosa. Estos objetos no sustituyen un chaleco salvavidas certificado ni la cercanía de un adulto. El chaleco debe ser del tamaño adecuado, permanecer correctamente abrochado y utilizarse durante todo el trayecto en embarcaciones, así como en cenotes profundos o actividades acuáticas.

Saber nadar disminuye el riesgo, pero no vuelve invulnerable a una persona. El cansancio, una corriente inesperada, un calambre, una caída, un golpe en la cabeza o un problema médico repentino pueden impedir que alguien regrese a la orilla. Por ello, tampoco los adultos deberían nadar solos ni alejarse más allá de sus capacidades. Antes de entrar al mar se deben revisar las condiciones del clima, respetar las banderas y atender las indicaciones de los salvavidas.

El consumo de alcohol representa otro riesgo importante. Además de disminuir la coordinación y la capacidad para reaccionar, puede generar exceso de confianza. Evitar nadar después de beber es una medida de protección tanto para uno mismo como para quienes podrían intentar realizar un rescate.

¿Qué debemos hacer si observamos a alguien con dificultades? Lo primero es pedir ayuda y llamar al 911. Si no estamos entrenados en rescate acuático, entrar impulsivamente al agua puede convertirnos en una segunda víctima. Es preferible acercar un objeto largo, como una vara, cuerda o remo, o lanzar algo que flote. La recomendación puede resumirse en cuatro palabras: alcanzar, lanzar, pedir ayuda y evitar entrar si no se cuenta con entrenamiento.

Una vez que la persona se encuentre fuera del agua, debemos verificar si responde y respira. Si no respira, hay que iniciar reanimación cardiopulmonar y seguir las instrucciones del servicio de emergencias. En los casos de ahogamiento, las ventilaciones o respiraciones de rescate son especialmente importantes; si la persona está capacitada, debe combinarlas con las compresiones torácicas. No se debe perder tiempo presionando el abdomen, suspendiendo a la víctima de los pies o intentando “sacarle el agua”, porque estas maniobras retrasan la entrada de oxígeno.

Aprender reanimación cardiopulmonar, enseñar a nadar a los niños cuando tengan la edad y madurez adecuadas, utilizar chaleco, restringir el acceso al agua y mantener una vigilancia sin distracciones constituyen distintas capas de protección. Ninguna medida funciona por sí sola, pero juntas pueden evitar una tragedia.

Hablar de prevención no significa dejar de disfrutar nuestras playas, piscinas y cenotes. Significa entender que cuidar también es anticiparnos. La seguridad acuática no debe depender de la suerte, sino de decisiones conscientes y compartidas. El agua puede seguir siendo escenario de alegría, descanso y convivencia cuando la acompañamos de responsabilidad. Porque la mejor historia de unas vacaciones siempre será aquella en la que todos regresamos seguros a casa.

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